© Juan Guerrero (Publicado en Ronda y la Serranía, nº 7, en febrero de 1981. Reproducido con autorización de Antonio Lasanta, editor de la revista)
Por parecernos de bastante interés, publicamos a continuación un artículo sobre Arriate publicado en Ronda y la Serranía en el año 1981. Hemos dividido el artículo en dos partes, ofreciendo en este número la primera de ellas.
“El catorce del mes de febrero
El Santo bendito de San Valentín
Lo tenemos por patrón dichoso
Aquí en esta villa por causa feliz”.
El 14 del mes de febrero de 1661, al final del reinado de Felipe IV, por escritura firmada en la villa de Madrid, ante el escribano D. Gabriel Rodríguez de la Cueva, Arriate consigue su independencia del término de Ronda mediante el pago de 352.739 maravedíes (dato facilitado por J. A. Márquez).
Su término municipal es el más pequeño de la provincia. Esta situación se intentó solucionar al amparo de un decreto del Ministerio de la Gobernación que, a comienzos de la década de los 50, daba la oportunidad de ampliar los términos que fuesen relativamente pequeños según la entidad de la población interesada.
Se perdió la oportunidad
La posible negligencia de nuestro secretario de Ayuntamiento de entonces y la concurrencia de ciertas circunstancias que no vienen ahora al caso, (recuerden los arriateños aquello de “el pez grande se come al chico” dicho por un Gobernador Civil) impidieron que Arriate ampliara su territorio a costa del de Ronda en el cual se halla totalmente confinado.
Creo, pues, suficiente este dato para explicar mitos como el de la presencia de arriateños en América a la llegada de Colón o el más serio de “una cierta afición a la aventura y a los viajes”.
La verdad es que, históricamente, el arriateño sale de Arriate impulsado por necesidades elementales que no se pueden satisfacer en su propio lugar de nacimiento.
El arriateño es emigrante a la fuerza
La campiña sevillana, de siempre, luego Alcalá de Henares, El Puerto de Santa María, Canarias, La Junquera… son los lugares más frecuentes.
Es, no obstante, en el período 1955-60, con el salto de los primeros arriateños a Francia, cuando comienza a configurarse el fenómeno emigratorio con los caracteres de masificación y permanencia prolongada que alcanzaron su máximo nivel cuando a partir de 1960, aproximadamente, ponen el objetivo en Suiza. Así, Basilea, Liestal y un sinfín de nombres de pueblos, personas, frases en alemán y en italiano, juguetes nunca vistos y un largo etcétera, se convierten en familiares no sólo para los que sufren directamente la tremenda injusticia de la marcha, sino también para los que se quedan aquí. Rara es la familia que no ve algunos de sus miembros partir.
Los ahorros que estos hombres acumulan justifican el extraordinario incremento de corresponsalías de bancos que por los años sesenta se instalan en Arriate. Todos los sectores se benefician de un modo u otro de la acumulación de capital que el trabajo de los emigrantes provoca. Es el sacrificio de estos hombres el motor del crecimiento que en diferentes aspectos experimenta nuestro pueblo.
De esta manera muchas familias pasan a ocupar una vivienda que reúne las condiciones adecuadas terminándose en estos casos con situaciones de auténtico hacinamiento; casi llega a desaparecer la necesidad de “poner el cuarto” a los recién casados; los terrenos que rodean la población se ven convertidos en pocos años en auténticos barrios que, lógicamente, dejan ver la influencia que los modelos arquitectónicos del extranjero, tan extraños en nuestro paisaje, ejercen en los emigrantes. Todos los sectores, insisto, salen beneficiados.
El Paro
A partir de 1977, entre las medidas tomadas por el gobierno suizo contra la importación de mano de obra extranjera, las pocas oportunidades que surgen para encontrar trabajo por cuenta ajena, generalmente fuera de Arriate, y los que consiguen establecerse por su cuenta, gracias a sus ahorros, el proceso entra en fase de descenso.
Las cifras de paro que hoy existen demuestran claramente que ninguna iniciativa, ni de bancos, ni de cajas, empezando, claro está, por la de Ronda, ni de nadie ha sido capaz, con los recursos de los propios emigrantes, de evitar que al producirse la inevitable y deseada vuelta pasen a formar parte de la impresionante lista de trabajadores sin empleo.
Algunos han podido ver cómo su dinero depositado en cualquier entidad de crédito ha ido perdiendo valor por causa de la inflación y el rápido aumento del coste de la vida.
No obstante hay que destacar cómo a partir de 1977 personas procedentes en su mayor parte de la emigración, sin ayuda de ningún organismo oficial, y a base de grandes sacrificios personales, van comprando los terrenos de menor valor agrícola a los cuales transforman de prácticamente improductivos, en lo que pienso que puede ser una salida económica de primer orden que mejore las difíciles circunstancias del momento.
Efectivamente en 1977 se puede comprar una fanega de tierra de la peor calidad por 50 ó 60.000 pesetas; las modernas técnicas de sondeo encuentran el agua donde esté; se lleva el tendido eléctrico… y a la vuelta de tres años el ejemplo de unos pioneros cunde y hoy podemos ver que alrededor de 25 granjas de mediana importancia, llevadas en régimen familiar, junto a numerosas de menor cuantía en cualquier casa de campo, mandan al matadero varios miles de cerdos anuales.
Por supuesto que siguen teniendo dificultades:
- “To es lo mismo, al finá comé”.
- “El que intente defenderse por su cuenta está en un erró”.
- “No me importa pagá los impuestos que sea, pero que no me engañen”.
- “Esto no deja ná. Los pienso no paran de subí”.
- “Oye -insinúo- ¿Y una cooperativa?”
- “Eso no”.
Para lo único que una buena parte se ha unido es para la compra conjunta de los piensos. Luego, la briega, la venta, los pagos… cada uno lo suyo.
La venta, lo peor. “Menos mal que por lo menos desde hace unos meses se sabe a cómo están los cochinos. Nos lo dicen desde Campillos. Antes ná”.
(Continuará)