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Patrimonio de Atajate. Dos errores permanentes y un olvido imperdonable

No es que tengan demasiada importancia, pero como las falsas noticias se hacen verdad a base de repetirlas muchas veces, creo que en algún momento hay que ponerles término.

Sistemáticamente cada vez que leo alguna publicación en la que se habla de Atajate y se relaciona el patrimonio y lugares que merecen atención en este pueblo, ya sean dossieres periodísticos o de turismo, páginas web e incluso programas de feria, por no hablar de algunas guías provinciales al uso, se deslizan dos errores, uno por desconocimiento de nuestro léxico y otro por desconocimiento de la realidad y de nuestra historia local.

En casi todas partes leo que en el alto de Santa Cruz se halla una torre árabe. Pues sí, en Atajate hay restos de una torre de vigilancia medieval que estuvo erguida hasta hace unas décadas y que ahora yace esparcida entre las encinas del “Monte de Santa Cruz”. Pero no se encuentran en ningún alto, loma, otero o montaña, sino todo lo contrario, en una hondonada del terreno que la hace invisible desde casi todas partes. Se haya aproximadamente a un kilómetro de Atajate, hacia el Sureste, más o menos en dirección a Faraján. Su función debió ser la de vigilar, sin ser notada, lo más profundo del arroyo de Audalázar, lo que los de allí conocemos como “Pasada de los Corzos”, y señalizar desde ella los posibles peligros a otro puesto de vigilancia que habría en los Tajos de Atajate. Así que de “alto” de Santa Cruz nada. La confusión se debe a que aquí, como en otros muchos lugares, llamamos “monte” al bosque de encinas, chaparros y quejigos, aunque no sea una montaña. De ahí proviene lo de la “montanera”, la temporada de bellotas.

El otro error, que a los de Atajate no nos gustaría tener que corregir, se refiere a lo del famoso castillo medieval desaparecido. Sintiéndolo mucho hemos de admitir que el único vestigio que podemos aducir de su existencia es puramente documental y no sirve para demostrar que haya existido un edificio que pueda llamarse castillo. Efectivamente, en una relación de fortalezas que aparece en un texto árabe medieval (siglo XIII) conocido como El-Qertás, aparece como una más de las cedidas por los reyes de Granada a los Banu-Marin de Marruecos, la fortaleza de “Athaxath”, y seguidamente Benadalid. No hay duda de que se refiere a Atajate. Pero eso no sólo puede ser demostración de que aquí hubiera un castillo, sino que también puede referirse a que el emplazamiento del pueblo era de por sí un buen puesto de defensa, una fortaleza natural, como es visible. Y no es que yo tenga interés en demostrar la inexistencia del supuesto castillo, es que no hay ningún vestigio, absolutamente ninguno. Los que conocemos bien los Tajos de Atajate, esa especie de acrópolis sobre la que estuvo la iglesia y gran parte del pueblo hasta hace dos siglos, porque desde niños hemos jugado allí o incluso hemos rastreado con algún maestro en busca de vestigios, sabemos que es inaccesible salvo por dos puntos, la subida actual hacia el cementerio, y la entrada desde los “Zaucos” por la Higuera Grande. Alguien podría añadir otros, pero desde luego incomodísimos y de fácil defensa en caso de necesidad. Así es que fortaleza natural tal vez, pero lo del castillo habría que probarlo.

En cambio en ninguna parte se menciona lo que de verdad sí tiene relevancia y ha merecido la atención de arqueólogos e investigadores, como prueban dos publicaciones científicas aparecidas hace ya algún tiempo. En las Actas del I Congreso de Arqueología Medieval (Huesca 1985), pag 259-277, aparece un artículo titulado “La necrópolis de ‘El Montecillo’ (Atajate, Málaga)”, cuyos autores fueron Francisco Reyes Téllez y Mª Luisa Menéndez. En él se exponen los resultados de su investigación arqueológica, el descubrimiento de trece tumbas de época visigoda (siglos VI-VII d. C.), con descripción de su tipología, ajuares funerarios, etc. La otra publicación en que se habla de la anterior y se utiliza su información para establecer comparaciones con otras, no muchas, necrópolis visigodas de la provincia, es una Historia Antigua de Málaga y su Provincia, publicada en 1996 por autores varios en la Ed. Arguval. En ella Rafael Puertas Tricas, profesor de la Universidad de Málaga y reconocido especialista en el periodo Medieval, en las páginas 131-160, publica un artículo titulado Visigodos y bizantinos: los siglos VI y VII. En él, para el estudio de aquel periodo tan poco conocido del pasado propone como método el estudio comparativo de las necrópolis o cementerios más significativos de la provincia para aquella época, y selecciona diez, entre los que se encuentra el de “El Montecillo” de Atajate, el único de la Serranía de Ronda reflejado en ese artículo.

Lo interesante, para nosotros, aparte de la satisfacción de encontrar noticias de nuestro pueblo en publicaciones de importancia y de comprobar que los esfuerzos de nuestro paisano Paco el de Don Bernardo y su mujer Mª Luisa, profesores de Historia en Madrid, han dado sus frutos, es comprobar que nuestra historia es ya más que milenaria, que aquí en Atajate había población estable ya en el siglo VI d.C., como mínimo. Y posiblemente la Necrópolis Visigoda del Montecillo habría logrado más relevancia en el mundo de la Arqueología si se hubiera excavado antes, porque todos los paisanos nuestros que han sacado arena de la cantera vecina saben que allí aparecían muchas tumbas desde siempre y se fueron destruyendo la mayoría. Así mismo en el arenero del Puerto de Jimera, distante del Montecillo unos centenares de metros, algunos de los que rondamos los cuarenta hemos sido testigos de la aparición de tumbas, y de igual modo en El Llano y en el Puerto de los Bujeos también consta que han aparecido enterramientos similares a los estudiados.

No es posible concluir mucho más, pero desde luego no es descabellado pensar en la existencia de Atajate desde antes de la época islámica, ya que incluso su nombre, si se suprime la A- inicial (artículo árabe), se explica mejor con una etimología latina, sinificando algo así como “La cortadura”, por los precipicios de los Tajos donde se ubica. Habría además algún otro topónimo en nuestro término que abona la idea de la pervivencia de lo latino, porque el cortijo de Yúncar, que no es otra cosa que “Junquera” o lugar donde abundan los juncos, no se explica por la fonética castellana, sino por la del dialecto mozárabe, que era la lengua de los antiguos pobladores cristianos bajo dominio islámico.

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