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Ser estoico en Parauta

Qué hermoso y entrañable que aún los hombres reunidos en el bar cuenten pequeñas historias y anécdotas de sus vidas. Estos valores sociales ya les están negados a los habitantes de las grandes urbes donde todo son prisas, crispación y patologías que les atrapan de por vida. Donde la felicidad consiste en acumular y la ética una falsa estéticas social. En Parauta nos saludamos varias veces al día y la comunicación, la sonrisa y los gestos de buena voluntad imperan cotidianamente.

En las ciudades, la gente no se conoce y para “ser” socialmente es a fuerza de ganar más y a cualquier precio; la felicidad es consumir y el prestigio está en los objetos de “marca” que exhibes. Heráclito decía que el carácter es para el hombre su propio demonio y esto sin haber pasado por un atasco de varias horas a la vuelta del trabajo.

Como buenos mediterráneos tendríamos que devolverle a nuestras viejas ciudades los antiguos valores de las polis griegas que estaban bien presentes hasta no hace muchas décadas. Malaka, Gades, Arunda disfrutarían seguramente de esa riqueza social de ideas y comunicación que todavía permanece en los pequeños pueblos del medio rural y en concreto en el Valle del Genal o lo que yo puedo descubrir cada tarde en los bares de Parauta. Aquí todavía se disfruta de ese estoicismo digno de las alabanzas de Séneca o Marco Aurelio. Y no se ha perdido el ritmo del tiempo, por eso una broma, un chiste, una anécdota se culminan con unas carcajadas y horas para disfrutarlas.

Alguien tendría que informarle a los urbanitas de la prisa que disfrutar de mejores empleos y mejores servicios no justifica la tensión y el estrés a los que se ven sometidos; que la vida sosegada todavía es posible en los pueblos blancos de la Serranía de Ronda. Habría que hacerles ver que aquí el reloj no es un referente implacable; que hay tiempo para las emociones, para pasear, escribir, leer un poema, escuchar música u oír cantar un pajarito. El saludo es parte de una ética y una tradición sana y gratificante. Habría que decirles que hay un lugar para la paz y el relax, un lugar para el estoicismo que es Parauta.

Estos ciudadanos son los fieles herederos de los íberos o los romanos, de los visigodos y los árabes. Culturas dispares que se han fundido en un crisol humano, que estando, en parte, olvidadas han permanecido en los “valores” de la convivencia y la felicidad mínima y necesaria. Son los reductos perdidos donde el tiempo se ha detenido y donde, aún, es posible la humanización. Como es de suponer, existen las pequeñas “malicias”, los comentarios y los enfados, pero lejos de la violencia y la falta de contenidos de las grandes ciudades. Venir a Parauta es recuperar parte del tiempo perdido; es formar parte de estas charlas del bar. De noches de sueño profundo; mañanas de aires puros y sobre todo disfrutar y ser “rico” en tiempo y emociones.

La vida humana no es tan larga como para desperdiciarla, ni tan corta que no merezca vivirse profunda e intensamente. Debe haber un momento en nuestras vidas en el que tenemos que elegir un futuro, que tenemos que cambiar el mundo con la mínima aportación que nos sea posible. Que la paz de los pueblos es la meta irrenunciable. Y tenemos que evitar la locura de la indiferencia; estar es “estar” entre los otros y con los otros.

Hace dos mil años, un andaluz de Córdoba llamado Lucio Anneo Séneca decía así: “Estar tan contento en la miseria como en la opulencia, en el dolor como en el placer. Tener un alma fuerte, sana y noble en un cuerpo enfermo y débil. No experimentar ni temor, ni espantos. Despojarse de toda inquietud, desdeñar los placeres fáciles y la voluptuosidad”, y yo añado “animarse a experimentar placer en las pequeñas cosas y proponernos una vida creativa. Schelling decía que la finitud del ser humano se compensa con la infinitud del arte.

Muchos hombres y mujeres del mundo rural llevan una vida así sin proponérselo, por eso me animo a decir que una existencia feliz es ser “Estoico en Parauta”.

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