José Manuel Castaño Aguilar, Bartolomé Nieto González y Jorge Padial Pérez. Arqueólogos. Museo Municipal de Ronda
El día 13 de septiembre de 2004 comenzó una intervención arqueológica de emergencia, subvencionada por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, fruto del hallazgo fortuito de diferentes objetos de cultura material en un ámbito de roturación agrícola, al sur de los límites del Yacimiento Arqueológico de Acinipo. Los primeros hallazgos fueron localizados por los agentes de la Patrulla Verde del Excmo. Ayuntamiento de Ronda, don Francisco Moreno y don Juan Terroba en el año 2001, personas que alertaron sobre la indudable localización de una de las necrópolis de Acinipo. A partir de ahí se establecen una serie de medidas, tanto con el propietario de la finca como con la propia administración provincial de Cultura, tendentes a garantizar la salvaguarda del patrimonio arqueológico allí existente y que han desembocado en la intervención arqueológica anteriormente mencionada.
No obstante, queremos aprovechar la ocasión para agradecer los esfuerzos de instituciones y personas por garantizar la no violación de los restos arqueológicos de la necrópolis: SEPRONA de la Guardia Civil de Ronda, Policía Autonómica, don Manuel Ramírez, Guarda del Yacimiento Arqueológico de Acinipo, don Miguel Ángel Guerrero, propietario de la finca en la que se localiza la necrópolis y los agentes de la Policía Local, don Francisco Moreno y don Juan Terroba, que sin duda nos han posibilitado que los restos hayan llegado en unas condiciones aceptables hasta el momento de la excavación arqueológica. Agradecer también la colaboración durante la actual intervención arqueológica de Lorena Milagros Peña Ortega, licenciada en Humanidades por la Universidad de Málaga, así como a José Cañestro, operario con larga experiencia en estas labores.
Dicho esto, la necrópolis se localiza en las proximidades de la ciudad iberorromana de Acinipo, junto a la vía de comunicación sur de acceso a ésta, y a escasos 1.000 metros de la misma. Esta disposición extramuros de Acinipo se explica por razones higiénicas, religiosas, culturales y de seguridad. En este sentido, conviene tener en cuenta la inseguridad que causarían las piras cinerarias en el interior de la ciudad, provocando numerosos incendios. Esta tradición se remonta ya al siglo V a.C., cuando la Ley de las Doce Tablas prohíbe los enterramientos en el interior de los núcleos urbanos, estableciendo zonas de necrópolis en las afueras de la ciudad.
Existía una auténtica gama de ceremonias fúnebres (funus) que variaba en función del rango social y económico del difunto. Lógicamente no era lo mismo el conjunto de ceremonias y ritos de los ciudadanos sin medios económicos y de los pobres (Funus translaticum), que los que se dedicaban a los emperadores, magistrados o personas importantes de una ciudad como Acinipo.
Las ceremonias relacionadas con el funeral eran muy importantes en el mundo romano, puesto que suponía asegurarse correctamente el viaje al más allá. Era importante que el difunto fuese acogido por los espíritus y que su alma no vagase por la tierra como un fantasma maligno.
Existía todo un ritual y parafernalia; papel fundamental tenían las plañideras (preficae) a las que se contrataba para que gritasen, chillasen y se tirasen de los cabellos en acción de dolor y llorasen. Para que quedase constancia de la óptima realización de su trabajo, llevaban colgados en los ojos unos recipientes, generalmente de vidrio, en los que se recogían las lágrimas. De tal extremo hemos constatado restos de lacrimales de vidrio localizados en los ustrinum (crematorios) y en la inhumación documentada en el conjunto de las 50 tumbas localizadas hasta el momento.
Así mismo y una vez realizado un aseo ritual al difunto, consistente en el lavado y perfumado del cuerpo para evitar los malos olores del proceso de putrefacción, se le vestía tal y como se ha documentado en la excavación, con la aparición en los ustrinum de fábulas (broches) de bronce para la sujeción de la toga y hebillas de cinturón en bronce para el ajustado de la túnica. Tras la exposición y vela del cadáver se le trasladaba desde su vivienda en Acinipo a su última morada en unas andas (Sandapila) o en caja de madera. Tal aseveración se constata ante la profusa aparición de clavos de hierro, tanto en los ustrinum (crematorios), como en los interiores de las tumbas de inhumación.
Una vez llegado el cortejo al cementerio (necrópolis), el fallecido podía ser incinerado o inhumado. En el sector excavado, hasta el momento, de unos 300 m2, se constatan 48 cremaciones y dos inhumaciones. En el primer caso, se depositaba el cadáver vestido en una pyra, de forma rectangular, en la que el fuego no reducía por completo a cenizas los restos óseos, por ello deberíamos hablar mejor de cremación que de incineración. Todo ello se realizaba al aire libre, tal y como se documenta en la necrópolis excavada, donde aún se conservan los restos de madera carbonizada, que nos permiten comprobar el tipo de especie utilizada, básicamente encina y pino. En el instante que era instalado en la pira, el cadáver era rodeado de sus efectos personales, de diversas ofrendas, flores, perfumes, incluyendo en ocasiones a sus animales domésticos para que le acompañaran en el más allá, extremo éste que se despejará con las oportunas analíticas de los huesos cremados en los diferentes enterramientos. En los ustrinum o bustum se han localizado material cerámico, platos, cuencos, lucernas, etc.
Este rito constatado de la cremación, admitía dos variantes: una como piras aisladas en las que se quemaba al difunto, que era trasladado posteriormente a su lugar de reposo en su respectiva urna (ustrinum), y otra como crematorio y tumba definitiva (bustum). Las dos variantes las encontramos en esta necrópolis de Acinipo. En ambos casos, los restos óseos de la cremación se limpiaban y se separaban de los restos del carbón para depositarlos en urnas.
Hasta el momento hemos localizado dos tipos de urnas; urnas elaboradas en piedra local (calizas de algas), a modo de vivienda con tapadera a cuatro aguas, también de piedra, cuyas dimensiones no suelen sobrepasar los 40×30 cm, y urnas de cerámica de cuerpos globulares, generalmente decoradas con bandas rojas y negras, con predominios de las primeras, y pequeños platos y vasijas a modo de tapadera. Los busta, llamados también cremaciones de carácter primario porque el enterramiento se producía en el mismo lugar de la cremación, bien en urnas de piedra, bien en urnas cerámicas introducidas en la tierra y delimitadas por pequeñas piedras para evitar su desplazamiento o rotura.
Aparte de estos tipos más comunes, también hemos documentado un par de ejemplos de enterramientos de inhumación en fosa con cubierta de tegulae (teja plana romana) que, al margen de su excepcionalidad tipológica en el marco de esta necrópolis, han supuesto también la mejor muestra de ajuar. En la primera de ellas, se depositó un espejo de bronce, una pinza de bronce, aguja de hueso, cuentas vítreas y dos recipientes cerámicos, relacionados con el difunto, en este caso difunta, como prueba de la pervivencia de dos rituales de enterramiento en un determinado momento. En la segunda inhumación, correspondiente también a un enterramiento femenino, el ajuar se correspondía con dos lacrimales de vidrio, un vaso cerámico de paredes finas, un espejo, una lucerna (candil) y un plato cerámico de bandas finas concéntricas rojas y negras. En este caso, la difunta sostenía entre sus dientes una moneda de bronce perteneciente a la ceca de Malaca (Málaga), fechada en el siglo II a.C. y que se corresponde con la tradición griega en la que el difunto debía pagar con una moneda al barquero Caronte, para que le ayudase a pasar la Laguna Estigia, y así alcanzar el Reino de Hades.
Como las ciudades de los vivos, las de los muertos también eran objeto de una determinada ordenación para organizar el espacio. En nuestro caso, al hallarse la necrópolis en una ladera, esta ordenación consistió en la construcción de terrazas escalonadas para la consecución de plataformas horizontales en las cuales depositar a los muertos y con las que se conseguía paliar la erosión.
En cuanto a la cronología de la necrópolis, al menos en lo que se refiere a su terminus ante quem o fundacional, sólo podemos hablar de una creación en torno al siglo III–II a.C. de manera amplia, a tenor de la información proporcionada por algunos tipos cerámicos, así como por algunos elementos de metal de clara filiación romana republicana, como es el caso de una fíbula tipo Aucissa, bastante extendida por todo el Mediterráneo occidental por las legiones romanas.