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El cólera en Ronda (1884-1885)

A lo largo de los siglos, la sociedad española sufrió el azote de enfermedades epidémicas que por causar una elevada mortalidad, en ocasiones catastrófica, provocaron un enorme impacto emocional sobre la población.

En nuestros días, en el seno de una sociedad avanzada, con un eficaz control de la salud pública, es difícil explicar el impacto que, en su tiempo, causaron la peste negra, la fiebre amarilla o la viruela.

En las primeras décadas del siglo XIX, cuando ya la peste no era sino un mal recuerdo y la viruela empezaba a ser controlada gracias a la vacuna descubierta por Jenner, se produjo en Europa la irrupción de una nueva enfermedad epidémica, el cólera, conocida popularmente como el “cólera morbo” o “cólera asiático”, por tener su origen en dicho continente.

La primera manifestación del cólera en España tuvo lugar en 1833. A partir de esa fecha, se repitieron periódicamente los embates de la epidemia a lo largo del siglo:

1853-56, 1859-60, 1865 y 1884-85. Especialmente virulentas fueron la de los años 53-54, que causó 236.744 defunciones, y la de 1884-85, con 120.254 muertes.(1)

La alarma social que causó el cólera fue muy grande ya que, aunque la mortalidad no fue excesivamente elevada (entre un 6 y un 15 por mil), las muertes se producían en un corto espacio de tiempo, durante algunas semanas del verano. En concreto, la epidemia de 1885 provocó más de 20.000 muertes en la provincia de Valencia entre el 15 de junio y el 15 de julio, con días de más de 200 fallecimientos.

El pánico provocado por tan gran mortandad se ahondó por el hecho de que no se conocían remedios para la enfermedad y, por tanto, la lucha contra la misma era una batalla perdida de antemano. Un testimonio publicado en un periódico valenciano, Las Provincias, nos ilustra sobre esta convicción:

“…El 21 de marzo de 1885 se habla sobre la salud en Játiva; se habían presentado algunos cólicos sospechosos, que producían algunas víctimas. Se atribuyeron por unos a los excesos del día de San José, por otros al mal estado de las naranjas que comían los pobres, y otros a la alteración de las aguas de las fuentes. El 12 de abril se conoce el primer caso en Valencia, pero el pueblo seguía empeñado en creer que la epidemia era una invención de los médicos. Los comerciantes estaban interesados en ocultar el mal para que no se establecieran cordones ni cuarentenas. El 10 de mayo se propaga velozmente por Valencia, Alcira y otras localidades de la Ribera del Júcar, siendo ya calificado oficialmente como cólera. Muchas familias acomodadas abandonaron la ciudad. A mediados de junio, Francia, Italia, Gran Bretaña y Alemania declararon sucias las mercancías procedentes de Valencia y el comercio quedó paralizado… La máxima virulencia se registra a principios de agosto. En septiembre Valencia está libre, pero todavía hay cólera en zonas de la provincia. En octubre regresaron a Valencia las familias que habían huido…”(2)

De este testimonio podemos deducir, además, que estas enfermedades infecciosas afectaban con mayor virulencia a los desheredados, a las clases pobres; por esa razón han sido calificadas como “enfermedades sociales”. En cambio, como hemos visto, los miembros de las clases más afortunadas seguían poniendo en práctica el consejo que Bocaccio dio en “El Decamerón” a los burgueses de Florencia cuando la Peste Negra azotaba la ciudad, allá por el 1350: ante la peste, huye cuanto antes, lo más rápido que puedas y cuanto más lejos, mejor.

Los poderes públicos, siquiera fuese por interés egoísta, se mostraron sensibles ante estas catástrofes; pero por desconocimiento de causa poco podían hacer. En el caso del cólera, cuya más visible manifestación era una diarrea hemorrágica, se sospechaba que era indispensable el tratamiento de las aguas para combatirlo. Por esta razón, las primeras medidas tenían como objetivo mejorar el abastecimiento de las aguas potables y el tratamiento de las residuales.

También se procuraba mejorar la asistencia sanitaria, aunque éste era un objetivo más difícil de alcanzar. Los medios técnicos eran muy primitivos y los presupuestos claramente insuficientes. La asistencia médica discriminaba a la población: las clases acomodadas pagaban a los médicos de familia o de cabecera sus visitas domiciliarias, en tanto que los pobres se veían obligados a recurrir a la beneficencia en los hospitales o dispensarios municipales.

La ciudad contra la epidemia

La epidemia de cólera de los años 1884-85 afectó especialmente a la zona levantina.

En Andalucía las provincias más infectadas fueron las orientales, sobre todo Granada, con más de 10.000 víctimas. También Málaga sufrió un fuerte impacto, lo que causó la alarma en Ronda. El Gobernador Civil remitió al Alcalde las circulares de la Dirección General de Beneficencia, de fecha 24 de junio y 9 de julio de 1884, que ordenaban diversas medidas preventivas, higiénicas y sanitarias: alejar de la población el ganado de cerda, sellar los estercoleros, reparar alcantarillas y albañales, limpiar y asear las calles, escuelas, cárcel y demás edificios públicos y establecer un control estricto sobre la venta de comestibles, frutas y hortalizas.

Para centrar la actuación de todos los implicados, el 16 de julio de 1884 se constituyó en el Ayuntamiento la preceptiva Junta Local de Sanidad, integrada por las siguientes personas: presidente, don Bartolomé Borrego Gómez, Alcalde; subdelegado de medicina del partido de Ronda, don Augusto Centeno, médico; vocales, don Antonio González, don Antonio Martínez, don Salvador Ayala, don Manuel Muñoz, don Rafael Ponce, don José López y don Antonio Ruiz Higuero.(3)

Actuaciones de la Junta de Sanidad

La Junta se reunió en numerosas ocasiones a lo largo del verano del 84, proponiendo medidas muy diversas, encaminadas a prevenir la epidemia, ya que aún no se había detectado ningún caso sospechoso en la ciudad.

Algunas de estas medidas se pusieron en práctica en cumplimiento de lo ordenado por las autoridades provinciales; por ejemplo, se estableció un servicio de vigilancia de actividades contaminantes como las tenerías y fábrica de almidón; se eliminaron estercoleros y escombreras en el recinto urbano y se procuró mejorar el desagüe de las aguas fecales, cubriendo el caño que atravesaba la Alameda del Tajo y abriendo una madre en la calle Santa Cecilia.

También se encargó a los inspectores médicos, don Augusto Centeno y don Eusebio Aparicio, buscar locales en los que establecer un lazareto y un hospital de coléricos, proponiéndose a tales efectos el edificio del Pósito y el Molino de don Félix. Además, se encargaron de redactar un “bando sanitario” para instruir a la población, cuyo contenido, aprobado por la Junta en sesión de 5 de septiembre, fue, en síntesis, el siguiente:

A) “Dar a conocer al vecindario las prescripciones y reglas higiénicas siguientes, de obligado cumplimiento:

1ª) Se prohibe en absoluto arrojar sobre la vía pública aguas sucias, escrementos, orinas y toda clase de inmundicias.

2ª) Colocar sobre la calle animales muertos ú otros efectos de repugnancia general.

3ª) Tener faltas de aseo las fachadas de los edificios.

4ª) La circulación de cerdos, gallinas ú otros animales domésticos o domesticados.

5ª) La existencia ó depósito de estiércoles junto a la población.

6ª) El establecimiento de Fábricas ó artefactos en que se haga uso de materias fétidas é insalubres, suspendiéndose las que se hallan en ejercicio dentro de la Ciudad.

7ª) La limpieza de los pozos negros ó letrinas sin dar parte á la autoridad local y previa desinfección que se hará antes, durante y después de la operación, a cuyo efecto existirán en la Casa Consistorial las materias desinfectantes que se darán gratis á las familias pobres y se emplearán según las fórmulas siguientes:
Caparrosa verde ó sulfato de hierro 10 gramos; agua 100 gramos.
Caparrosa azul ó sulfato de cobre 10 gramos; agua 200 gramos.
O sea en la proporción del dos por ciento en la segunda. A la primera fórmula puede añadírsele un poco de yeso común y polvo de carbón y aún una disolución de ácido fénico.

8ª) No se permitirá la entrada en esta población de ninguna persona que no venga provista de su correspondiente carta de salud. Los vecinos y principalmente los posaderos, fondistas y dueños de casas de huéspedes no admitirán en sus respectivos domicilios á los que se presenten sin el espresado documento, dando cuenta á la Alcaldía bajo su más estrecha responsabilidad de cualquier caso que ocurra.

B) Dar las órdenes oportunas paras que en la fábrica de almidón de D. Santiago Sanguineti no se permita la fermentación del trigo.

C) Suspender en absoluto el uso del Lavadero público que usufructúa D. Carlos Lamiable, mientras dure la calamidad epidémica que hoy aflige á varios pueblos de la Provincia de Alicante.

D) Designar como lazareto durante las presentes circunstancias el edificio conocido por el Molino de D. Félix, situado en las afueras de esta Ciudad.

E) Encomendar a la Alcaldía la reunión general de todas las juntas parroquiales y la Municipal de Sanidad con los mayores contribuyentes que se creyeren necesarios, para determinar las líneas generales que hubieran de trazarse ante la invasión colérica que nos amenaza.

F) Advertir y recordar al vecindario la obligación que en general y particularmente tienen todos de dar conocimiento á esta Alcaldía de cualquier caso que desgraciadamente ocurra del cólera morbo asiático, ó que revista el carácter de sospechoso”.

Curiosamente, a partir de la publicación del bando sanitario no se detectan en las Actas Capitulares nuevas noticias sobre la epidemia. Es de suponer que con la paulatina bajada de las temperaturas y la llegada de las primeras lluvias otoñales la epidemia remitió y la población comenzó a despreocuparse, tanto más por cuanto no se había conocido en Ronda un verdadero caso de cólera y sólo algunas fiebres y cólicos sospechosos.

El verano de 1885

Las alarmas se encendieron de nuevo en los primeros días del verano del año siguiente. El 8 de julio de 1885 el Ayuntamiento constató que “…en vista del desarrollo que desgraciadamente vá tomando el cólera en varias provincias de la Península, se acordó nombrar un delegado especial que desempeñe la vigilancia y demás funciones necesarias á este fin, previniendo por este medio que se puedan burlar las medidas que la ciencia aconseja, practicándose este servicio con más esmero en los pasajeros que vengan en las empresas de carruajes y sobre de aquellos que partan de procedencias sucias…”

Con la experiencia acumulada durante el verano precedente, la Junta Municipal de Sanidad actuó con celeridad, adoptando las medidas pertinentes, entre las que figuraron:

1ª) Se estableció un cordón sanitario con dos puestos de control e inspección, establecidos al norte, en el Molino de don Félix, y al sur de la ciudad, en la Pila de doña Gaspara. Se fijaron como puntos obligatorios de entrada a Ronda las carreteras de Jerez y Gobantes, el molino de Alarcón y las calles San Francisco y Prado.

Todos los viajeros y mercancías procedentes del exterior debían pasar una inspección en los puestos de control, donde se procedería a su reconocimiento. A propuesta de los médicos se acordó que “…las personas procedentes de puntos limpios se someterán á una fumigación racional (sic); las que vengan de lugares sospechosos á 5 días de observación y desinfección; las de puntos infectados á 9 días al menos de aislamiento..”. Las ropas exteriores deberán hervirse y las interiores “…someterlas á la cámara de calefacción á una temperatura de 60 ó 70 grados por espacio de 12 ó más horas…” También serían fumigadas todas las mercancías.

Los vecinos de Ronda, tras pasar un reconocimiento ya que se habían detectado casos sospechosos en las calles Sevilla, Montes y Santa Cecilia, deberían proveerse de una cartilla sanitaria, sin la cual no podrían salir o entrar en la ciudad. Evidentemente, para hacer cumplir estas ordenanzas y dotar de efectividad al cordón sanitario, el Ayuntamiento debió adoptar otras medidas complementarias. Así, el 22 de julio acordó nombrar 10 agentes para formar una brigada sanitaria; pero como este número se mostró insuficiente para controlar todas las entradas y salidas, noche y día, el 17 de agosto fueron nombrados otros 22 vigilantes, “…procurándose que sean licenciados del ejército y llevando como distintivo una escarapela como insignia de autoridad”.

2ª) Se acometió la tarea de recaudar fondos para sufragar los gastos ocasionados por la aplicación de las medidas de prevención del cólera. A tal efecto, el 22 de julio el Ayuntamiento aprobó un presupuesto extraordinario de 50.000 pesetas, lo que equivalía aproximadamente a la cuarta parte del presupuesto anual del municipio. Dado que, como era habitual, las arcas municipales estaban vacías, se procedería a un reparto entre los vecinos.

Para arbitrar otros recursos fueron constituidas Juntas en las cuatro parroquias de la ciudad, cuya finalidad sería la obtención de fondos a través de suscripciones voluntarias de sus feligreses. Además, una Junta Local de Socorros entendería de la administración de estos fondos; pero esta tarea no dejó de provocar conflictos, ya que algunas de las Juntas Parroquiales pretendieron administrar por su cuenta las cantidades recaudadas.

Como dato indicativo, diremos que con fecha 4 de noviembre la Junta Local de Sanidad aprobó la cuenta general de los gastos realizados, estimados en 11.495,51 pesetas.

Comportamientos y actitudes sociales

Según se desprende de la lectura de las Actas Capitulares, el impacto emocional de la epidemia entre los vecinos no fue muy acusado, tal vez porque, como queda indicado, no existieron verdaderos casos de cólera y solamente algunas diarreas estivales, muy comunes en la época, como las que obligaron a la Junta de Sanidad a cerrar “…una casa de vecindad conocida como Tinaón de Maqueda, en la calle Peñas, y conducir á quienes allí viven al depósito de observación…”.

No obstante, la amenaza de la epidemia originó reacciones diversas en la conducta de las personas y grupos sociales: desde la actitud filantrópica y desprendida del médico don Antonio Aguilar Pulis, que se ofreció voluntaria y gratuitamente para dirigir el hospital de coléricos, o la de una conocida familia de la burguesía local, intentando ocultar como fuese el cólico que sufría una distinguida señorita.

Tal vez el grupo que en todo momento estuvo más expuesto a la crítica del vecindario fue el de los médicos. Por esa razón se observa en ellos una cierta actitud corporativa, que se manifiesta en el informe que “…el cuerpo médico-farmacéutico de Ronda, reunido el 3 de septiembre de 1885 en el Colegio de San Cayetano bajo la presidencia de su decano, Don Antonio González Gómez…” Entre los acuerdos adoptados figuran los siguientes:

“No hablar de cólera como tales médicos, interin las invasiones sean en corto número”.

Pedir el establecimiento de una policía reservada para investigar los casos que traten de ocultar las familias.

Pedir protección a las autoridades contra los abusos y agresiones que ya ha sufrido la clase médica”.

También se encontraban en el punto de mira de los vecinos las autoridades locales.

En líneas generales reaccionaron con celeridad, utilizando los recursos que estaban a su alcance para combatir la epidemia. Incluso en algún momento de exaltación humanitaria, como el que se produjo en la sesión del Cabildo el 27 de julio de 1885, aprobaron una moción en la que todos, Alcalde y Concejales, declararon solemnemente “adoptar una actitud heroica ante la enfermedad”; si bién es cierto que los casos comprobados más cercanos se produjeron en Cañete y Yunquera.

Aunque con sordina, otro grupo, el del comercio y la industria, mostró también su preocupación, centrada en los perjuicios que el cordón sanitario y las medidas higiénicas podían ocasionar a sus actividades, en especial a las fábricas de almidón y las curtidurías, que utilizaban grandes cantidades de agua que luego vertían contaminada.

Un ejemplo de esta actitud fue la petición que varios comerciantes presentaron ante la Junta de Sanidad el 21 de septiembre de 1885, solicitando celebrar la Feria los días 29 y 30 de dicho mes, “…ya que no se pudo el día 8 con motivo de la proximidad del cólera morbo asiático, que ha invadido varios pueblos de esta provincia…”, levantando durante esos días la cuarentena. La Junta rechazó la petición siguiendo el criterio de los médicos Centeno y Aparicio. En realidad los únicos trajinantes autorizados a entrar y salir de la ciudad fueron los arrieros del pescado de Estepona, “…siempre que hayan avisado anticipadamente a la Junta Parroquial del Barrio de San Francisco”.

El fin de la epidemia

Como ocurrió en el año precedente, una vez se apagaron los ardores veraniegos y golpeó el cordonazo de San Francisco la situación se relajó. El 3 de octubre, la Junta de Sanidad informó al Ayuntamiento que “…puesto que el cólera está para extinguirse en la provincia puede celebrarse la Feria el diez y seis del actual…”.

A pesar de todo se mantuvieron las medidas higiénicas, pues cualquier caso de diarrea sobresaltaba a los vecinos. Paulatinamente el cólera dejó de ser una preocupación y desapareció como tema preferido en los mentideros. Pero no del todo. El día 24 de febrero de 1886 el Ayuntamiento dio cuenta de la muerte del médico don Eusebio Aparicio. Se pronunciaron encendidos elogios por su actuación durante la epidemia y se afirmó que era necesario proceder cuanto antes a su sustitución como inspector de Sanidad, “…tanto más cuanto que la epidemia colérica que tantos estragos hizo en el pasado año, aún amaga en el presente, como lo confirman las poblaciones de Tarifa y otras, en que en la actualidad reina la enfermedad dicha…”.

Cuando llegó el verano, otras calamidades amenazaron a los rondeños.

Notas:
[1] López Piñero, J.M.: “Historia de la Medicina”. Ed. HISTORIA 16. Madrid. 1990.
[2] Del ANUARIO de “Las Provincias” . Valencia. 1886.
[3] Archivo Municipal de Ronda. ACTAS CAPITULARES. 1884 y 1885.

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