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Recuerdos y presencias naturales de la Serranía de Ronda en los pasos de Abel Chapman y Walter J. Buck (1909-1910)

En los albores del tercer milenio en los que vivimos tenemos muy claro que la historia de nuestra Serranía tiene una gran deuda respecto de su vocación universalista para con los viajeros extranjeros que desde finales del siglo XVIII caminaron por nuestros pueblos, nuestras sierras y nuestras almas, pero quizás no advirtamos hasta qué punto son importantes para trazar un recorrido de remembranzas a través de sublimes paisajes, ancestrales costumbres o una rica y variada fauna y flora. Para cumplir tal fin nos vendrán al recuerdo nombres hoy tan sonoros como los de Francis Carter, Richard Ford, Gustavé Doré, Jean Charles Davillier o David Roberts, los cuales contribuyeron y siguen contribuyendo con sus palabras e imágenes al hecho de globalizar entes físicos como el Tajo de Ronda, la cueva del Gato, la Plaza de Toros de la Real Maestranza, o mentales como la serenidad del alma que Rilke nos legó desde los balcones del Hotel Reina Victoria cuando contemplaba la Ermita de la Virgen de la Cabeza o el Pico de San Cristóbal entre el circo natural que se mostraba ante sus ojos. Pues bien, ya va siendo hora de bucear entre los cientos de viajeros que nos visitaron para rescatar a dos de ellos, dos muy especiales, pues a ellos debemos que en países como Inglaterra o Estados Unidos, en los cuales su obra fue publicada, fueran conocidas a principios del pasado siglo XX las bonanzas y riquezas naturales de nuestra Serranía, pues estos viajeros no se quedaron en el ímpetu visual del Puente Nuevo o El Tajo, sino que profundizaron en la riqueza que suponen nuestra orografía, nuestra fauna y nuestra flora.

Hablamos de Abel Chapman y Walter J. Buck, autores de dos grandes obras sobre la naturaleza española como son La España Salvaje y La España inexplorada,(1) siendo la segunda a la cual nos referimos en este artículo cuando rememora las andanzas de ambos por estos lares. Chapman fue el verdadero escritor, mientras que Buck era el vicecónsul britano de Jerez que lo acompañó en sus viajes facilitándole el camino mediante lo contactos necesarios y compartiendo con él la gran afición por la caza y la naturaleza que los unió.

El relato de estos viajeros funda su interés fundamental en el hecho de poder conocer el aspecto, contenido y tradiciones que nuestros montes presentaban hacia 1909-1910, haciendo con ello además de un viaje en el tiempo un importante ejercicio crítico consistente en saber qué hemos perdido o ganado en los casi cien años transcurridos desde que Chapman y Buck nos visitaran. Sin lugar a dudas, no se trata de unos ecologistas como los que hoy conocemos, pues su gran afición a la caza les llevó a matar sin control ni selección numerosas aves o animales que hoy o bien han desaparecido, caso del quebrantahuesos, o se encuentran en el trance de hacerlo, pero eso no es óbice para que los consideremos unos de los primeros en interesarse por elementos tan en peligro como el pinsapo, las águilas reales o los buitres.

Revisando las páginas de la interesante obra podemos encontrar un amplio abanico de flora, la cual si pasamos a relatar sucintamente nos da como resultado la cita del helecho, la encina, los prensiles convólvulos, el muérdago, el esparto, el agracejo, la aulaga, el piorno, el cerezo salvaje, el roble, o de un modo más destacado el pinsapo, al cual dedican un buen número de páginas y algunos dibujos de interesante factura ejecutados por el propio Chapman que reproducimos. El pinsapo es sin duda la especie de flora que más llama su atención, la cual localizan en San Cristóbal, Sierra Bermeja y Sierra de las Nieves, definiéndolo en su obra con frases como las siguientes:

… el pinsapo, un rey del bosque cuyo porte majestuoso se ofrece a la vista como algo visiblemente desacostumbrado. Y sorprendente es sin duda. Porque la extensión de esta enorme conífera española (Abies pinsapo) se limita, no ya a España, sino en realidad únicamente a esta cadena montañosa, la Serranía de Ronda…

…esta conífera no se encuentra en ningún otro lugar de la Tierra.
El árbol posee una personalidad singular.

Los bosques de pinsapos de San Cristóbal ofrecen uno de los más sorprendentes paisajes de Andalucía.

Sus masas de un verde oscuro, en contraste con las blancas rocas en las que crecen (y en invierno con la nieve más blanca aún), se agrupan hacia arriba, piso por piso, desde los 3.000 pies del nivel inferior hasta el borde mismo de la cresta, que, como cortado a cuchillo, está en torno a los 5.500 pies: ¡Ojalá pudiéramos pintar la belleza de la escena!.(2)

A la par que dedican largo espacio a describir el pinsapo, también se adelantan en el tiempo respecto a muchos otros cuando alzan una voz de alarma respecto de la conservación de estos emblemáticos árboles, diciendo al respecto:

Los bosques de pinsapos están sometidos a una terrible destrucción producida por el hacha y el fuego, tempestades y avalanchas. Los incendios forestales barren cañadas enteras, mientras que los desprendimientos aplastan y desarraigan incluso un gran número de los árboles mayores. Pocas escenas hemos presenciado más elocuentes de la violencia de la naturaleza que las huellas de una avalancha.(3)

Pero no se quedaron en el pinsapo, pues pasando al ámbito de la fauna hemos de comentar que fueron testigos únicos de los que con casi total seguridad fueron los últimos quebrantahuesos de la Serranía, aves carroñeras actualmente inexistentes en nuestra comarca que estos dos ingleses contemplaron ampliamente volando montes como el de San Cristóbal. Además del quebrantahuesos, nos dejaron testimonio de otras muchas especies de aves tales como: el escribano montesino y soteño, el chochín, la totovía, la lavandera, la cascadeña, el piquituerto, el carbonero garrapinos, los colirojos tizones, los reyezuelos listados, el águila real, las chovas, el cernícalo primilla, los aviones roqueros, el buitre, etc.

Sin lugar a dudas, la obra de Chapman y Buck es una interesante manera de retrotraerse y a la vez acercarse a la naturaleza de la Serranía de Ronda, compartiendo a través de sus palabras un viaje de hace casi cien años que esperemos se pueda repetir con los mismos atractivos dentro de por lo menos otro cien más, pretendiendo a la vez conservar las tradiciones y hábitos que los hacían y hacen perdurables, para lo cual recordamos los bancales sembrados de judías y garbanzos que estos viajeros pretéritos pudieron ver en las inmediaciones de poblaciones como Benamahoma o Grazalema, bancales y campos trabajados de una manera sobrehumana y sabia por nuestros vecinos serranos, vecinos a los que apelamos para que nuestro entorno e idiosincrasia perdure en el tiempo y la obra de Chapman y Buck no se convierta en un manual de arqueología natural de nuestras sierras.

NOTAS
1. CHAPMAN, Abel y BUCK, Walter J.: The unexplorer Spain, Londres, 1910. Reedición y traducción de LÓPEZ ONTIVEROS, Antonio (Dir.): La España inexplorada, Sevilla, 1989.
2. Reedición y traducción de LÓPEZ ONTIVEROS, Antonio (Dir.): La España inexplorada, Sevilla, 1989, págs. 377-380.
3. Ibidem; págs. 378-379.

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