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La ganadería en las sierras de Líbar

Juan Luis Muñoz Roldán, Director de la OCA de Ronda.
Carlos Guerrero Barragán, biólogo.

Las Sierras de Líbar (del árabe,“del color blanco de la leche”) constituyen un amplio paraje serrano que ocupa una superficie aproximada de 21.000 hectáreas, de los términos municipales de Montejaque, Benaoján, Jimera de Líbar, Cortes de la Frontera y Villaluenga del Rosario. Podemos establecer sus límites así: por el este y sur, la carretera que desde Montejaque pasa por Benaoján, llega a Cortes y sigue en dirección Ubrique hasta “La Pulga”, en las faldas de la Sierra Blanquilla (o de Los Pinos); por el oeste, el límite o unión de los llanos del Republicano con la sierra en cuestión, hasta la intersección de los términos de Montejaque, Villaluenga y Grazalema; y por el norte, la unión de este punto con el Hacho de Montejaque a través del camino de La Charcha y Calabazales. Se trata de un conjunto montañoso de naturaleza kárstica, de varias sierras en realidad, caracterizado por el substrato calizo y el drenaje subterráneo del agua. El clima es mesomediterráneo húmedo, destacando una larga sequía estival y una precipitación alta, unos 1.700 litros (aunque este año está resultando particularmente seco). La cobertura vegetal corresponde al bosque mediterráneo, adehesado en buena parte, así como monte bajo en las pendientes más acusadas, praderas en los amplios y numerosos llanos, y pastizales en los puertos y dolinas de la sierra. Como excepciones a lo descrito, en la amplia solana que cae al Guadiaro, encontramos un clima termomediterráneo, con presencia de palmito, algarrobo y acebuche, mientras que en la divisoria o cuerda que une los picos más altos, entre los 1.200 y los 1.400 metros de altitud, el pétreo paisaje sufre y sostiene clima y vegetación correspondientes a la etapa supramediterránea. La característica topográfica que más llama la atención es la disposición nordeste-suroeste de dos alineaciones montañosas entre las que se intercalan vastos, recónditos y preciosos poljes, los famosos Llanos de Líbar, a unos 1.000 metros de altitud.

Las Sierras de Líbar han estado ocupadas por el ser humano desde siempre; existen varios dólmenes y se encontraron abundantes restos prehistóricos en la famosa cueva de La Pileta. También hay, al menos, dos “despoblados” de origen íbero, romano y/o árabe. En tiempos modernos, y hasta hace varias décadas, vivían en la zona en cuestión unas 150 personas, repartidas por varios cortijos, ubicados tanto en los llanos como en las laderas. La emigración de los años 50 y 60 dejó despoblada la zona y en ruinas los cortijos. Actualmente sólo habitan en ella de forma permanente unas 5 personas en dos cortijos, El Pozuelo y Los Correos. Aquellos habitantes practicaban una economía de subsistencia de carácter familiar, vivían de la ganadería, de la agricultura y de los aprovechamientos forestales, entre los que destacó el carboneo. El grado de aislamiento y las penurias que sufrirían estos serranos serían importantes, a tenor de las duras condiciones de vida a que les sometía el medio. Hoy día la existencia de caminos en aceptable estado y los vehículos todoterreno permiten acceder a prácticamente todos los enclaves que sea necesario.

Las Sierras de Líbar son de propiedad privada principalmente; sólo 1.244 hectáreas corresponden al monte público de Cortes de la Frontera, en sierra Blanquilla (Los Pinos), 697 hectáreas son de la Comunidad Autónoma de Andalucía, en término de Montejaque, y 167 hectáreas pertenecen al Ayuntamiento de Benaoján. La explotación de los recursos, forestales, cinegéticos y ganaderos, se lleva a cabo tanto por propietarios como por arrendatarios, con la curiosidad de que a veces se vende el suelo pero no el vuelo, es decir, se arriendan los pastos a uno mientras que la bellota la aprovecha otro. La bellota es quizás el elemento básico del aprovechamiento ganadero, pues es abundante en esta sierra, frutos de encina y de quejigo, de enormes árboles con generosas cosechas. La bellota madura y cae aquí desde octubre a febrero, el tiempo de la montanera.

Las Sierras de Líbar han sido y son ganaderas por excelencia; su suelo no permite la agricultura moderna, aunque antiguamente se sembraban trigo y garbanzos en llanos y laderas, en sitios increíbles, para mitigar el hambre; por ejemplo, los “tahoneros” sembraban con el almocafre hasta en la misma cumbre del Ventana, aprovechando la tierra entre apretados riscos. En cambio sus pastos, tanto herbáceos como leñosos (ramoneo), y gracias a las abundantes lluvias de primavera y otoño, permiten el desarrollo de la ganadería extensiva, con las diferentes especies domésticas. Pruebas de la práctica ganadera tradicional encontramos en el sistema de aprovechamiento del agua para el ganado y las personas.

El agua fue y es elemento básico para la ocupación de esta sierra y en ello derrochó el serrano ingenio y creatividad; el agua aquí se filtra con rapidez por los “boquetes”, simas, cuevas y sumideros, hasta el importante acuífero de Líbar, por lo que hay que buscar formas de retenerla en superficie hasta el verano. Se construyeron, y todavía hoy perduran para nuestro regocijo y asombro, fuentes, pilones, pilas, pozos y aljibes. Las fuentes, de distintas formas, tamaños y disposición, pero siempre con cubetas de piedra alineadas para que pudiera abrevar el rebaño, las encontramos en los llanos y en las laderas. Las más importantes de los llanos son El Saucillo, Cufría, Líbar (o Lívar) y Los Pocillos; en el cordel del Pozo de los Álamos se encuentran tres abrevaderos: Pozo del Culantro, Fuente de la Charcha y Fuente de la Gozuela; en la sierra, a 1.150 metros, destacan El Pozo del Gastor y la Fuente del Moro; como curiosidad, alrededor del cortijo del Chaparral se concentran cuatro fuentes. Los pilones son amplias excavaciones naturales en la tierra, a modo de perezosos, que pueden hacer varios cientos de litros de agua para el ganado. Las pilas son talladas en la piedra, de menor tamaño, y destacan El Pilancón y Mojón Alto (en forma de riñón). Se utilizaban para echar agua, y también suero de la leche de las cabras y las ovejas, para que se lo bebieran los cerdos; resultan verdaderas joyas del patrimonio serrano. Por último, adosados a los cortijos se mantenían pozos y aljibes; una excepción es el aljibe de la Breña, que se encuentra solo, alejado de cualquier cortijo. La fuente de Líbar, magnífica surgencia ubicada en el llano del mismo nombre, supone la encrucijada de cuatro términos municipales (Villaluenga, Cortes, Benaoján y Montejaque) y cuatro vías pecuarias (Colada del Pozo de Andrés Fernández a Líbar, Camino de Grazalema, Vereda de la Fuente de Líbar y Cordel de la linde de los términos), por donde transitaban rebaños y arrieros, porque los estraperlistas y los bandoleros se movían por torcales, riscos y tajos. También destacan las cercas kilométricas de piedra, que separan predios y que jalonan los caminos, cercas que eran coronadas con espinos y aulagas para evitar la salida de los animales. El diseño y construcción de los caminos llama la atención, por la calidad y planificación, aprovechando siempre la piedra y el tránsito por los accesos más adecuados; ejemplo de ello es el camino de La Escalereta, que conserva el empedrado original en un buen tramo de bajada.

Las Sierras de Líbar cuentan actualmente con un censo ganadero de 290 bovinos, 1.932 ovinos, 1.230 caprinos, 780 porcinos, 15 equinos y 240 colmenas, según los registros de la Oficina Comarcal Agraria de Ronda (saneamiento ganadero oficial, ayudas al sector agrario de la Política Agraria Europea y Registro de Explotaciones). Además, un número importante de rebaños dependen, en los alrededores, del agua y de los pastos de estas sierras en algunas épocas del año. Se sabe que siempre hubo vacas en Líbar, aunque antes la raza primordial fuese la Pajuna, hoy en extinción a favor de la Retinta; el ganado retinto que habita esta sierra es rústico y algo más enjuto que el de las campiñas. También las ovejas han sido habitantes tradicionales de Líbar, y la raza más numerosa fue la Merina de Grazalema, de nuevo en extinción en la actualidad; se explotaba no sólo para carne sino para lana (mantas de Grazalema) y leche (queso de oveja). La raza caprina fue y sigue siendo la Payoya, también conocida como montejaqueña y serrana, cabras de capa polícroma y aptitud mixta leche-carne; ha descendido considerablemente el censo caprino a favor del ovino por estar éste necesitado de menor mano de obra. Los cerdos también se vieron mermados en su censo debido a la emigración, a la Peste Porcina Africana y al consumo de carne barata por parte de la sociedad actual.

Existen 18 explotaciones, de carácter empresarial, mixtas y extensivas. De carácter empresarial se consideran porque ya no son sólo “para el gasto de la casa”, sino principalmente para la venta comercial de los productos, borregos, chivos, terneros, cerdos y leche de cabra; son mixtas porque la mayoría cuenta con varias especies de rumiantes y el cerdo ibérico (cruzado en realidad); y son de régimen extensivo, o semiextensivo para ser más exactos, porque la alimentación animal procede de los recursos de la finca, los animales pastan racionalmente en las distintas parcelas aunque también son suplementados, madres y recría, según condiciones del manejo productivo. El número de explotaciones ha descendido significativamente en los últimos años, pasando de 29 en 1995 a las 18 actuales, debido a la jubilación de algunos productores y a la venta de ciertas fincas. Sin embargo, la modernización de las explotaciones ganaderas mantiene, e incluso incrementa, la capacidad productiva de las que quedan; se han llevado a cabo importantes mejoras en instalaciones, accesos, alimentación, genética y sanidad. Las primas ganaderas son básicas para el mantenimiento de la renta agraria de estos 18 productores, que viven en los pueblos limítrofes. Cada explotación emplea a 2 trabajadores, de media. La renta se complementa, por último, con aprovechamientos menores como la caza mayor (cabra montés, ciervo y cerdo asilvestrado), las setas (principalmente de cardo), y la leña.

Las Sierras de Líbar, por último, afrontan un problema grave, común hoy día a todas las zonas marginales de montaña: el progresivo descenso de la rentabilidad de las explotaciones ganaderas. Los costes de producción no dejan de aumentar, como el gasoil o los piensos, mientras que el precio pagado al ganadero por sus productos está estancado o incluso desciende. Esto ocasiona abandono de las fincas, deterioro del medio rural y empobrecimiento de este ecosistema, por otra parte de grandes valores medioambiental y paisajístico; de hecho está incluido en un Parque Natural, que es también Reserva de la Biosfera y Zona de Especial Protección para las Aves. Por eso cuenta, en cambio, con significativas potencialidades en cuanto a turismo de naturaleza (espeleología, senderismo, observación de aves, alojamientos rurales…) y revalorización de los alimentos que tienen su origen en este espacio.

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